Pocos sustos me he llevado yo en la vida, como el que tuve cuando el médico me dijo, después de un chequeo de rutina, que necesitaba una resonancia magnética.

He de admitir que mi experiencia con las tecnologías médicas es prácticamente inexistente; lo poco que conozco se basa en uno que otro artículo del periódico y en las series de televisión. Pero esto bastó para hacerme imaginar lo peor, pues en esos contextos, las resonancias y otros estudios complejos se hacen a pacientes graves o cuando se sospecha de trastornos que ponen en riesgo la vida, como un tumor.

Hice mi mayor esfuerzo para que el estado de nerviosismo en el que había entrado no se notara ni en la voz ni en la actitud. Tratando de sonar lo más casual posible, le pregunté al doctor por qué ordenaba tal estudio. Quizá mi preocupación se hizo evidente a pesar de todo, porque lo primero que me dijo el médico fue “Tranquilo, no hay por qué alarmarse”; sólo quería descartar que mis frecuentes dolores de cabeza –el único malestar del que le hablé durante la consulta– no tuvieran otra causa, más allá del estrés.

Intrigado, le pregunté qué otros motivos podrían estar detrás del problema, pero como el profesional que es, el doctor no quiso anticiparme nada sin contar con evidencias. Me explicó, en cambio, que algunos estudios de imagen, como los rayos X, la tomografía o la resonancia magnética pueden solicitarse como parte de un chequeo preventivo. Estas técnicas, agregó el galeno, proporcionan “imágenes del interior”, que muestran el estado de algunos tejidos y órganos. Gracias a ellas es posible detectar enfermedades en etapas tempranas, cuando hay mayores probabilidades de que un tratamiento funcione.

“No sólo pedimos una resonancia cuando sospechamos de un padecimiento grave –concluyó el médico-; lo hacemos, sobre todo, para descartar que la enfermedad esté presente y, de ser el caso, evitar que llegue a niveles alarmantes”. Con estas aclaraciones me quedé más tranquilo, aunque no completamente despreocupado. Estaba acostumbrado a que, a lo mucho, me ordenaran una química sanguínea dentro de la consulta preventiva, pero hasta entonces no había tenido que hacerme un estudio tan complejo.

resonancia

Y como sucede con la mayoría de los exámenes médicos, la resonancia magnética tiene sus preparativos y cuidados. Como la máquina utilizada para el estudio emplea imanes de gran potencia para generar las imágenes, el paciente debe retirarse todos los objetos metálicos que porte antes de ser ingresado a la cabina. Si el paciente cuenta con prótesis, marcapasos, implante coclear u otro tipo de dispositivos que tengan componentes metálicos, debe informarlo al médico, para que se tomen las precauciones necesarias o se busquen otros procedimientos.

Las personas que se sienten incómodas en espacios cerrados o que incluso padecen claustrofobia también deben indicarlo al profesional de la salud. La máquina de resonancia está compuesta por una cabina cilíndrica, como un túnel, dentro de la cual se introduce al paciente, acostado en una camilla. El estudio puede durar desde treinta minutos hasta una hora o un poco más y la persona debe estar lo más quieta posible. Para quien sufre temor o ansiedad al estar en espacios reducidos, esto puede ser una verdadera tortura, por lo que a veces resulta necesario prescribir medicamentos que tranquilicen al paciente.

Otro detalle de la resonancia magnética es que a veces se necesitan medios de contraste para tener mejores imágenes de ciertas áreas; se trata de sustancias que se inyectan vía intravenosa, para “teñir” momentáneamente los tejidos que se desea examinar. Las sustancias son inofensivas y se eliminan después de unas horas, pero pueden representar un problema para las personas con enfermedades renales.

Por fortuna, yo no tengo implantes, claustrofobia ni problemas con los riñones, así que la única preparación para mi resonancia fue un ayuno de ocho horas y algo de meditación para relajarme. Aunque el familiar que me acompañó dijo que el estudio duró cerca de media hora, no llegué a sentirme ansioso y creo que se me hizo más larga la espera de mi turno, que el tiempo que pasé dentro de la máquina.

Y lo mejor de todo fue que el estudio no reveló ninguna anormalidad. El doctor confirmó su teoría inicial; mis dolores de cabeza se deben al estrés y a la falta de sueño, por lo que debo planear mejor mis jornadas de trabajo, para cumplir con mis obligaciones sin sacrificar mi tiempo libre.

Ahora sí, completamente tranquilo, me doy cuenta de que debemos aprovechar mucho más las técnicas y herramientas de las que dispone la medicina para prevenir enfermedades. Lo común es acudir a esta ciencia y a quienes la ejercen, cuando necesitamos una cura, pero nos iría mucho mejor si la consultáramos para evitar la enfermedad.